Columna Consejo ExE

¿Hechos son amores…?

Francisco Bedolla Cancino

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Eso que solemos llamar sabiduría popular es, sin lugar a dudas, un reservorio de sorpresas y, a veces, de obstáculos para ampliar nuestra visión y mejorar nuestro entendimiento acerca de las cosas propiamente valiosas de la vida: los valores ético-morales. A este respecto, el conocido adagio popular “hechos son amores, no buenas razones” ofrece un buen ejemplo de lo anterior, habida cuenta de que, si bien se le analiza, contiene la consigna de no juzgar a las personas por sus palabras sino por sus comportamientos o, para decirlo con mayor crudeza, por los impactos prácticos de su proceder.

En una cultura predominantemente pragmática e individualista, como la nuestra, la incitación del adagio a enfatizar las consecuencias del obrar de las personas suena del todo razonable. A final de cuentas, hasta podría decirse que no es con base en meras razones que se logran los cambios en el mundo. No obstante lo anterior, tal modo de pensar presenta un problema grave: se desentiende de la motivación, que es el ingrediente distintivo del obrar humano-social.

Un ejemplo puede ayudar a la comprensión. Téngase el caso de dos hermanos que han establecido el compromiso de ser solidarios con sus padres. Uno de ellos, impulsado por su amor filial, pasa con ellos dos fines de semana por mes y les brinda el mejor de los cuidados. El otro, impulsado por el “qué dirán”,  les dedica también dos fines de semana al mes, pero además les hace obsequios de manera ostensible. La pregunta relevante es, ¿cuál de los dos hermanos ameritaría el juicio nuestro como mejor persona y mejor hijo? Y las opciones son dos: o el primero, por sus nobles razones; o el segundo, por su conducta obsequiosa.

Con una variante, el caso podría complejizarse con una pequeña variante. Ambos hermanos, motivados por su amor filial, pasan dos fines de semana al mes con sus padres. El primero de ellos, por sus bajos ingresos, está impedido para hacerles obsequios, pese a que sus intenciones son esas; el segundo, en cambio, dispone de los medios para tal efecto y es obsequioso. Ahora la pregunta es, ¿a juzgar por los hechos, es mejor persona y mejor hijo el segundo que el primero?

Una mirada detenida sobre ambos casos conduce a la conclusión relevante de que diferentes motivaciones pueden ocasionar conductas similares y, a la vez, que similares motivaciones puedan impulsar conductas diferentes. Bajo tales circunstancias, en tratándose de juzgar la valía o integridad de las personas, queda claro que los hechos no ofrecen los elementos necesarios para juzgarles éticamente; y que las razones que nos asisten para obrar de tal o cual manera se erigen en un ingrediente que obligadamente debe ser tenido en cuenta.

De este modo, la moral, ámbito de la vida social que pone en juego la bondad o la maldad de las personas, es un asunto que gira en torno de la justificación de los hechos, y nadie mejor que el propio sujeto de la acción para saber y ofrecer a los demás sus razones. Nada más injusto para una persona que ser juzgado sólo por sus hechos y nada más injusto para los demás que obligarse a dar por buenas las razones que las personas ofrecen acerca de su obrar. En conclusión: es tan importante el juicio sobre el aprecio o el menosprecio que una persona nos merece que no podemos irnos con solo peso de las apariencias. De ahí el carácter falaz del adagio en comento.

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